Robusto, fuerte y moldeado por el tiempo, las lluvias y los vientos. Así era este hermoso árbol sabio y viejo.
Años, estaciones y mil experiencias fluían por las venas de su tronco, amplio, curtido y a la vez tierno.
La vida entera se deslizaba por sus preciosas ramas, mientras dibujaba con sus hojas lindas formas en el cielo.
Sus raíces entrelazadas le anclaban firmemente al suelo, y repartían su Luz y energía a otras plantas y a hermanos árboles, como amados compañeros.
Hermosas aves buscaban su cariño y construían sus casas al abrigo de sus brazos.
Ardillas juguetonas corrían y brincaban a su lado, alegrando cada día, mientras el hermoso árbol sonreía y daba gracias a la vida… al cielo.
Acogía con su Amor a todos, y hablaba con susurros a los pájaros, los insectos, las mariposas… a cada ser vivo que se acercaba a buscar su sombra y su consuelo.
Todas las mañanas saludaba al sol, mirando con dulzura el horizonte, las montañas, las colinas y los valles.
Dormía dulcemente cada noche arropado por la Luna, las estrellas y todos los astros del Universo.
Una hermosa niña se acercó a él una mañana suave de invierno y sin pensar lo abrazó con su Alma… con su Ser entero. Ambos se estremecieron en un instante único, lleno de Amor incondicional y sincero.
Gracias, maestro y compañero… Mi querido árbol viejo.
Abraza la vida en un precioso Árbol y siente la dicha, la Luz y toda la energía del firmamento.
Francisco Gallardo Perogil



